Un estudio de la UAB revela cómo se frenó la expansión de uno de los primeros Estados de Europa hace 4.000 años
Una investigación de los investigadores Marcello Peres y Roberto Risch, publicada en Journal of Archaeological Research, analiza las relaciones sociales, económicas y políticas entre el centro y la periferia durante la Edad del Bronce en la península Ibérica, a partir de más de un siglo de datos arqueológicos recogidos en un territorio de más de 210.000 km².
Un nuevo estudio liderado por los investigadores y profesores del Departamento de Prehistoria de la UAB Marcello Peres y Roberto Risch ha redefinido la manera en la que entendemos las relaciones de poder, el intercambio y la resistencia social en la Europa mediterránea durante la Edad del Bronce (entre el 2200 y el 1550 a. n. e.). El trabajo, titulado «Social Resistance in Bronze Age Iberia», ha sido publicado en la reconocida revista científica Journal of Archaeological Research. La investigación analiza gran cantidad de datos —recogidos durante más de un siglo de excavaciones y prospecciones— de más de 1.500 asentamientos distribuidos en una superficie de más de 210.000 km² en el cuadrante sudoriental de la península Ibérica.
El estudio demuestra que en este territorio coexistían dos modelos sociales opuestos: por un lado, El Argar (Almería), una de las sociedades más dinámicas, centralizadas y jerarquizadas de la prehistoria europea, considerada por muchos especialistas como uno de los primeros Estados de Europa occidental, y, por el otro, una red de comunidades no estatales independientes situadas en la periferia norte. La distribución espacial de las formas de poblamiento, las evidencias económicas, el armamento y los indicadores de violencia física muestran que la capacidad expansiva de El Argar era marcadamente diferente en el norte que en el oeste.
Estrategias de resistencia
El estudio demuestra que las comunidades periféricas del norte no fueron víctimas pasivas de la expansión argárica. Para defenderse y evitar ser anexadas o subyugadas, pusieron en práctica un conjunto de estrategias de resistencia social y económica. En primer lugar, optaron por la atomización: más del 83 % de los asentamientos periféricos medían menos de 2.000 m² y casi la mitad no superaba los 500 m². En lugar de concentrarse en grandes ciudades fáciles de someter, se dispersaron en pequeños núcleos familiares mucho más difíciles de controlar. También llevaron a cabo la estrategia definida por los autores como «enrocamiento» (físico y arquitectónico): más de tres cuartas partes de estos poblados se situaron estratégicamente en cerros inaccesibles o acantilados o estaban fortificados con potentes murallas de piedra. Esta combinación de topografía abrupta y arquitectura defensiva creó un paisaje protegido. Finalmente, se implantaron economías de escapatoria y autosuficiencia. El avance territorial de la organización argárica en esta dirección fue limitado a lo largo de sus 600 años de existencia.
Intercambio económico con objetos de marfil
Uno de los hallazgos más destacados del estudio es que los objetos de gran valor simbólico y coercitivo de las élites políticas de El Argar —espadas, alabardas y armas decoradas con remaches de plata— nunca fueron asimilados por las poblaciones en el norte de El Argar. Fuera del territorio argárico, estas armas de prestigio se concentraron en los corredores mineros de extracción del sudoeste peninsular. En cambio, el marfil de elefante africano sí que circuló en la periferia norte, aunque no desempeñó un papel relevante en la expansión de El Argar hacia el oeste. Modelado principalmente en forma de botones prismáticos, el marfil parece que habría funcionado como una especie de protomoneda o marcador de alianzas económicas. Mediante el intercambio de marfil y cobre, El Argar podía negociar la obtención de recursos básicos de la periferia —grano, tejidos o mano de obra— cuando su apropiación por la fuerza no era viable.
Dos formas de combatir: guerreros contra armas de oportunidad
El análisis del armamento revela dos modelos militares y políticos opuestos: en El Argar se desarrollaron armas metálicas especializadas (alabardas y espadas) diseñadas para el combate cuerpo a cuerpo y utilizadas por un grupo de guerreros o clase dominante. En cambio, la zona de la periferia norte no disponía de espadas y las alabardas eran casi inexistentes. Para defenderse, usaban un armamento de oportunidad o no especializado, basado en herramientas de uso cotidiano como hachas de cobre o piedra y puntas de flecha de sílex, hueso y cobre. Aun así, la violencia fue un componente real. Los análisis de restos humanos revelan un gran número de traumatismos por combate en los hombres adultos de la línea de frontera. En la frontera norte de El Argar hasta el 37,5 % de los esqueletos conservados muestran lesiones mortales o de combate provocadas por armas. Además, el estudio destaca el caso paradigmático de la Motilla del Azuer (Ciudad Real), donde entre el 48 % y el 57 % de los hombres adultos enterrados en las primeras fases presentan heridas letales o de lucha provocadas por hachas y puñales de cobre.
Un enfoque metodológico innovador
Durante más de un siglo, la arqueología se ha centrado sobre todo en definir «culturas» a partir de una parte muy reducida o sesgada del registro material, como por ejemplo la cerámica y las formas de enterramiento. «En este trabajo hemos prescindido de estos filtros y nos hemos centrado en una visión de conjunto de las relaciones entre comunidades con grandes diferencias demográficas y económicas, a partir del registro arqueológico completo de los asentamientos. Este cambio de enfoque permite explicar unos espacios sociales atomizados y enrocados, absolutamente excepcionales en la Europa de la Edad del Bronce, así como las numerosas evidencias de violencia física», afirma Marcello Peres. Por su parte, Roberto Risch añade que «las diferencias entre territorios también revelan cómo las organizaciones políticas más explotadoras y expansivas podían ser contrarrestadas mediante estrategias específicas». «Este estudio nos invita a reflexionar sobre cómo las estructuras de poder condicionan la vida de aquellos que no se someten a sus reglas, pero también sobre la capacidad de estas comunidades para construir alternativas. La posibilidad de organizarse al margen de estructuras jerárquicas y explotadoras no es una aspiración exclusivamente moderna. Hace al menos 4.000 años ya había comunidades que resistían, tanto socialmente como materialmente, la anexión por parte del Estado», concluye Peres.
Artículo de referencia: Peres, M., Risch, R. (2026). Social Resistance in Bronze Age Iberia. Journal of Archaeological Research.
DOI: 10.1007/s10814-026-09230-7.