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Casa Convalescència

Parada 2: El vestíbulo.

La Casa de Convalecencia del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau tenía la misma gestión y las mismas funciones que la antigua Casa de Convalecencia de Barcelona, edificada en el barrio del Raval a partir de 1629. El coste no se sufragó con el dinero procedente del testamento de Pau Gil, como una parte importante del hospital, sino con el importe conseguido con la venta de la antigua Casa de Convalecencia en 1925 (1.750.000 pesetas), así como otros ingresos particulares y procedentes de cobros (misas, censos).

El edificio, con capacidad para unos 100 enfermos, permitía ingresar pacientes del hospital y separarlos de los enfermos graves y de posibles focos de infección. Estaba gestionada por las Hermanas Hospitalarias, igualmente responsables del cuidado de enfermos en el hospital, y tenía capilla, farmacia, cocina y comedores propios.

El vestíbulo se sitúa en el centro del edificio y da a los aposentos públicos y de servicio de la planta baja (comedores, oficina, sala de juntas), así como acceso al primer piso por la escalinata. Tiene el techo cubierto de una bóveda vaída o de pañuelo, y columnas de piedra calcárea con capiteles compuestos.

Los muros del vestíbulo se revistieron con mosaicos historiados. Domènech i Montaner manifestó en 1923 la voluntad de representar cuatro escenas de la historia de la Casa de Convalecencia desde el siglo XVII hasta el siglo XX, pero la iconografía acabó variando: un primer plafón se dedicó a Elena Soler, noble barcelonesa, testando en 1656 a favor de la Casa de Convalecencia del Raval; un segundo representaba a la benefactora Lucrècia Gualba en 1629; y en un tercero figuraban los administradores del Hospital de la Santa Creu el 24 de enero de 1680, día de la bendición de la antigua Casa de Convalecencia. En la restauración de los años 90 se optó por no intervenir en los fragmentos de mosaicos que habían sido recientemente vandalizados y que conocemos por fotografías.

La cerámica, así como el ladrillo vidriado, no solo tenía un valor ornamental, sino que permitía una limpieza más eficiente de los espacios, un mejor aislamiento térmico y una mayor resistencia al desgaste en zonas de mucho paso. Por estos motivos se colocó en el vestíbulo, las escaleras, las oficinas, el comedor, la sala de juntas, los dormitorios, las escaleras secundarias –que cuentan con cerámica monocromática simple- y los pórticos del jardín, donde se instaló cerámica de cartabón o de vela, que se compone de piezas cuadradas divididas diagonalmente, pintadas de verde y blanco, muy típica en Cataluña, València y Mallorca en el siglo XVI.