"El Brexit no debe poner en cuestión la coherencia del proyecto europeo"

Tras ocupar otros cargos en las instituciones continentales, el tarraconense Xavier Prats es ahora director general de Salud y Seguridad Alimentaria de la Comisión Europea. El 4 de mayo, disertó sobre el proyecto europeo con los estudiantes de la Facultad de Derecho.

11/05/2017

Xavier Prats, director general de Salud y Seguridad Alimentaria de la Comisión Europea, ofreció una charla en la Facultad de Derecho en un acto que tuvo lugar el 4 de mayo. Los estudiantes del centro pudieron compartir sus reflexiones y preguntas sobre la situación y el futuro del proyecto europeo con Prats, que acumula una dilatada experiencia en las instituciones de la Unión Europea. El acto fue organizado por la facultad y por el Instituto de Estudios Europeos de la UAB, y conducido por Gregorio Garzón, catedrático emérito del Departamento de Derecho Público y Ciencias Histórico.

¿La Unión Europea tiene una mejor imagen fuera que dentro?

Sí, si por imagen entendemos la comprensión del potencial de la UE y de su sentido, así como de la importancia de tener una potencia regional en el continente. Cuanto más lejos vas, más consciente eres de que, en el resto del planeta, interesa que la UE tenga influencia sobre la política internacional. Esto no quiere decir que todo el mundo esté impresionado. Es muy difícil entender, por ejemplo, la falta de unidad en temas donde, desde una perspectiva global, existe un interés común europeo. Pero la lógica de un gobierno europeo es evidente: en América Latina, todos miran nuestro modelo como algo que les interesaría hacer.

Quizás falta construir una identidad europea.

El error es pensar que tienes que escoger entre identidad europea y nacional. Se trata de ver cómo la identidad europea se añade a las otras, las complementa y las mejora. Esto depende de los temas y de la distancia: para mí, es mucho más fácil verme como europeo desde Shanghái que desde Barcelona porque, desde allí, veo que las diferencias entre los europeos, en realidad, son mínimas.

¿Los jóvenes se están alejando del proyecto europeo?

Es difícil hablar de la juventud europea en general. En el fondo, hay mucha más similitud entre un joven y una persona mayor que vivan ambos en una ciudad grande en Europa que entre un joven que viva en la ciudad y otro joven que viva en un pueblo pequeño. O entre un joven con educación universitaria y otro sin. Hay países -en general, en el sur de Europa- donde el paro juvenil es un problema dramático; en cambio, en Alemania, hay otros problemas. Así pues, es difícil generalizar pero sí diría que, entre los jóvenes, hay muchos individuos que viven en un entorno de exclusión y se sienten naturalmente distantes de Europa; pero no porque no les guste la UE sino porque se sienten distanciados de sus propias sociedades.

Siempre se ha dicho que el programa Erasmus ha fomentado mucho el europeísmo, ¿qué piensa?

Lo ha fomentado mucho por varias razones. Viajar es bueno y, para un joven, es una experiencia muy positiva, pero lo ha promovido además por un motivo que se conoce menos: Erasmus no es sólo un programa de movilidad de estudiantes sino también de profesores y un instrumento de colaboración entre instituciones.

Quizás harían falta iniciativas como ésa más allá del ámbito universitario.

En 2020, Erasmus alcanzará los cinco millones de personas; es mucha gente, pero no es todo el mundo. Harían falta más ejemplos tan claros como este sobre qué hace Europa para los ciudadanos. Yo, ahora, me ocupo de salud y tenemos algo que se llama las redes europeas de referencia para enfermedades raras. En Europa, hay 7.000 enfermedades raras que afectan a treinta millones de personas; y no hay disciplina, hospital o país que pueda resolver por sí solo este problema. Hemos creado 24 redes europeas de referencia para los cánceres raros, la epilepsia compleja, etc. Así, si en tu familia hay una persona con una enfermedad rara, Europa hace algo por ti: hace que se mueva el conocimiento para que tú no tengas que desplazar. Es un ejemplo muy tangible.

Decía a la conferencia que España es el único país de la Unión donde no hay una fuerza política euroescéptica. ¿Por qué cree que es así?

Hay mucha gente descontenta con Europa pero, por diversas razones, no hay un rechazo. Una de ellas es que España forma parte del grupo de países donde Europa ha enviado muchos fondos. Esto hace más tangible la contrapartida del hecho de estar en la UE; más que en un país como Dinamarca, donde tienes que explicar a la gente que una parte de sus impuestos, aunque sea pequeña, tiene que ir a otro país. Además, Europa siempre ha significado para España el hecho de volver legítimamente al club de naciones democráticas y civilizadas. Y otro factor muy importante es que España, durante muchos años, ha enviado gente en Europa: ha sido un país de emigración hace sólo dos generaciones. Entendemos con más claridad la solidaridad, el hecho de acoger gente que viene de fuera. El conjunto de estas ideas hace que, para España, sea muy difícil ver un futuro sin Europa.

¿Qué impacto cree que tendrá el Brexit en el proyecto europeo a la larga?

Está muy claro que no será bueno ni para los británicos, ni para los 27. Reino Unido es quizás el país que durante más tiempo, y de manera más consistente, ha tenido dudas sobre la pertenencia a la UE; pero el Brexit no debe poner en cuestión la coherencia de todo el proyecto europeo. Hay también un aspecto positivo: las dificultades del Brexit harán más evidente la importancia de cosas que damos por hechas, como la libertad de circulación. Ninguna persona de menos de cincuenta años se imagina tener que sacar el pasaporte cuando viaja por Europa. Ahora, por ejemplo, el Brexit hará que se tenga que construir un edificio en Calais para controlar los productos alimentarios que entran desde Reino Unido.

¿Qué papel puede jugar la universidad para fortalecer el proyecto europeo?

Es difícil imaginar que, cuanto más se consolide la sociedad del conocimiento, no tengan un papel cada vez más importante los principales distribuidores de conocimiento, que son las universidades y los sistemas educativos en general. La educación, como otros ámbitos, está viviendo el impacto de la globalización y de las transformaciones tecnológicas y demográficas. Las instituciones educativas deben enfrentarse al reto de adaptarse a necesidades diferentes. No se trata de ponerse al servicio de las empresas, sino al servicio de los ciudadanos. Para mí, las universidades deberían tener un papel más importante en el debate público sobre el futuro de nuestras sociedades.

¿Y la investigación?

Desde mi trabajo cotidiano, tanto en materia de salud como de seguridad alimentaria, me choca mucho ver cómo avanza la ciencia a la vez que avanza el escepticismo sobre la ciencia. Por ejemplo, con respecto a las vacunas: no hay política pública más simple, clara, barata y eficaz que la vacunación. Sin embargo, se cuestiona. El escepticismo de los ciudadanos respecto a los poderes constituidos se aplica también a la ciencia y eso es muy peligroso porque perdemos oportunidades y porque, aunque no todo se puede resolver con evidencia científica, no tenemos ningún instrumento mejor. La universidad tiene un papel indispensable de propagación de la ciencia como sostén de la democracia. La opinión es libre pero, si tu opinión es que la Tierra es plana, tu opinión está equivocada y no debemos darle el mismo espacio ni la misma credibilidad que a una opinión apoyada en la ciencia.

 

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