Cuando ir a clase es una pérdida de tiempo

Un estudio reciente publicado en Ansiedad y Estrés analiza con 900 universitarios por qué el estudiantado no asiste en clase normalmente. Los resultados apuntan que no es falta de interés, sino una sensación generalizada que las clases no son bastante útiles para conocer, interpretar, conectar y dar sentido a los contenidos de la asignatura.
En muchas facultades, se repite la misma escena: aulas medio vacías, pasillos tranquilos y profesores que hablan ante una audiencia escasa. Más de la mitad de los estudiantes universitarios no asisten regularmente a las clases teóricas no obligatorias. Durante años, la interpretación institucional ha estado clara: falta de interés. Pero la realidad es más incómoda y apunta en otra dirección.
Nuestra investigación, basada en 900 universitarios, ofrece un diagnóstico contundente: muchos estudiantes no dejan de ir a clase porque no quieran aprender, sino por la manera como viven el tiempo en el aula. La percepción de que aquel tiempo no les aporta valor acaba condicionando la decisión de asistir.
La queja es recurrente. Clases repetitivas, contenidos previsibles y una práctica que se ha convertido en símbolo del chasco: la lectura de las diapositivas del PowerPoint. «Si el profesor solo lee el que ya tengo en el campus virtual, ¿por qué tendría que venir?», se pregunta gran parte del estudiantado. En estas condiciones, el tiempo de clase deja de ser una oportunidad de aprendizaje y pasa a ser un coste que no se está dispuesto a asumir. Este malestar no es solo académico, es también emocional. Cuando una clase se percibe como lenta, poco útil o desconectada de la realidad, aparecen el aburrimiento, la frustración e incluso la ansiedad. Ante esto, gran parte del estudiantado opta por una estrategia racional: no asistir. No es desinterés; es una forma de regulación ante una experiencia percibida como poco valiosa.
La paradoja se acentúa con el modelo de evaluación. En asignaturas donde el examen se basa sobre todo en memorizar contenidos, descubren que pueden aprobar estudiando por su cuenta, a menudo con más eficiencia. Si el PowerPoint es el temario y el temario es el examen, la clase pierde su función. Así se consolida un círculo difícil de romper: cuanto menos valor aporta la clase, menos se asiste, y cuanto menos se asiste, menos valor se le atribuye.
En este contexto, reforzar los controles de asistencia o hacer obligatorias algunas sesiones no resuelve el problema. Obligar a estar no reduce el coste temporal percibido ni mejora la experiencia.
Cuando una clase aporta comprensión, ejemplos y un valor que no se puede obtener solo con las transparencias, esta clase se vuelve a llenar. Cuando se limita a reproducir diapositivas, el aula se vacía.
Quizás, por lo tanto, la pregunta no es por qué no van a clase, sino cómo se diseñan experiencias de aprendizaje que hagan que el tiempo en el aula tenga sentido. Esto implica repensar no solo qué se enseña, sino sobre todo cómo se organiza y se vive el tiempo: generar reflexión, marcar progresión y garantizar un cierre que permita al estudiantado percibir que ha avanzado.
En definitiva, se trata de recuperar el papel del profesorado como agente mediador del conocimiento, capaz de interpretar, conectar y dar sentido a los contenidos. Porque no se evita el tiempo de aprender, sino experiencias en que este tiempo no tiene valor.
Departamento de Psicología Básica, Evolutiva i de la Educación
GEDHS: Grupo de Estudios en Experiencia y Desarrollo Humano Saludable y Sostenible
Institut de Recerca de l'Esport
Universitat Autònoma de Barcelona
Referencias
Cladellas, R., & Castelló, A. (En prensa). University Absenteeism and Well-Being: An Interpretation from Emotional Regulation and Perceived Value. Ansiedad y Estrés.