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Universitat Autònoma de Barcelona
Escuelade Ingeniería

ENTREVISTA// Santiago Giraldo, “Si el diseño de una plataforma es, por defecto adictivo, la responsabilidad no puede recaer en los niños, sino en quienes la crea.”

02 mar 2026
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El gobierno de España ha anunciado recientemente su intención de prohibir el acceso en las redes sociales a los menores de 16 años, obligando a las plataformas a implementar sistemas de verificación de edad. Esta medida busca combatir la adicción y el abuso, exigiendo más responsabilidad en las empresas tecnológicas.

Imagen del entrevistado
Santiago Giraldo

Para abordar este tema, hablamos con Santiago Giraldo, profesor agregado del Departamento de Periodismo y coordinador del Grado de Periodismo de la Universitat Autònoma de Barcelona, politólogo por la Universidad Nacional de Colombia, máster en Comunicación y Educación y doctor en Comunicación y Periodismo por la UAB. Ha participado en más de 20 proyectos de investigación y cooperación, tanto nacionales como internacionales, y ha publicado más de 60 trabajos académicos.

La primera pregunta es obligada: prohibición, ¿sí o no?

En este caso sí, obligatoriamente. Estamos en un momento muy decisivo y hemos dado muchas oportunidades a la regulación y a la implementación de programas educativos, pero parece que no han estado suficientes. Por lo tanto, es necesaria la prohibición para cuidar y proteger los niños.

¿Consideras que la alarma social motivada por la excesiva exposición en las redes sociales está justificada?

A mí no me gusta el concepto “alarma social”, porque creo que durante los últimos 10 años hemos acumulado una evidencia científica importante que convierte este llamamiento de atención en evidencia empírica. Es cierto que, a veces, se pone en entredicho esta evidencia porque no hay una causalidad específica y totalmente demostrada entre las redes sociales y fenómenos como las adicciones, los comportamientos ansiosos o los trastornos alimentarios. No hay una causalidad completamente probada, pero solo hay que observar el que vemos en los trenes, a casa o a las consultas de los profesionales de la salud para entender que no se trata de una alarma, sino de una realidad.

Ahora pensamos en positivo. ¿Qué podemos conseguir con esta prohibición?

El principal objetivo es atrasar la entrega del smartphone a los niños más pequeños. Con este pequeño movimiento, a largo plazo se puede desvincular el fuerte componente emotivo que establecen con la pantalla y con los sistemas digitales de socialización. Si rompemos esta primera experiencia psicológica de establecer un vínculo emocional con la pantalla, el impacto positivo en sus relaciones sociales puede ser muy relevante. Además, podemos recuperar herramientas tradicionales de socialización y comunicación y, incluso en términos informativos —que es mi campo—, podemos romper la asociación directa entre información y redes sociales, una cuestión muy peligrosa por su impacto social, como hemos visto en los últimos meses.

¿Qué responsabilidad atribuyes a las plataformas en la manera como se están utilizando las redes sociales?

Creo que es una cuestión muy relevante. Una de las respuestas de Mark Zuckerberg, ahora que afronta un juicio en California, es significativa. Según él, los responsables son los niños y niñas que mienten sobre su edad para acceder en las redes. Esto nos sitúa ante el verdadero debate sobre la responsabilidad social. Si las plataformas han diseñado sistemas que, según informes internos, son adictivos por defecto, e intentan atraer usuarios cada vez más jóvenes para generar esta necesidad constante de estar conectados para socializar, recibir reconocimiento o construir identidad, la responsabilidad no puede recaer solo en los usuarios. Si el diseño mismo fomenta la dependencia, el responsable principal es quien crea y estructura la plataforma a sabiendas de que es, de por si, adictiva. Este es uno de los primeros intentos de poner límites y exigir responsabilidades a empresas que, durante más de veinte años de existencia de las redes sociales, prácticamente no han asumido ninguno. 

Por lo tanto, ¿aparte de limitar el acceso por edad, las plataformas tendrían que intervenir de una manera más profunda, regulando algoritmos, adecuando la publicidad y revisando el diseño general?

Exacto. Hay muchos trabajos periodísticos que muestran como se priorizan determinados tipos de publicidad y contenidos, incluidos discursos políticos más polarizadores por ante otros de más dialogantes. Este diseño específico necesita control. Hemos pasado de un sistema mediático relativamente regulado y plural a un entorno informativo dominado por cuatro grandes empresas. En términos comunicativos, es muy peligroso que el flujo informativo global dependa de decisiones técnicas presas por perfiles principalmente tecnológicos que tienen como principal objetivo aumentar el tiempo de permanencia ante la pantalla. Este diseño tecnológico tendría que estar regulado por los estados, no por las mismas plataformas ni por el mercado, puesto que se trata de una cuestión de protección ciudadana. 

Por lo tanto, medidas como la que ha anunciado el gobierno de España van en la línea que tendrían que seguir otros países? 

Sí. Y no solo España. Hay iniciativas similares en Australia, Francia, Canadá o Brasil. Diferentes gobiernos están intentando afrontar este descontrol digital.

Y técnicamente, ¿es posible implementar esta barrera de acceso?

Para empresas que han desarrollado tecnologías capaces de personalizar mensajes al segundo para mantener el usuario conectado, implementar sistemas efectivos de verificación de edad no tendría que ser complicado. Disponen de los mejores ingenieros y de los recursos necesarios para hacerlo posible.

Saliendo un poco del tema de la prohibición, ¿como podemos combatir la desinformación?

Es fundamental crear canales seguros para informarnos. Los medios de comunicación tienen regulación, mecanismos de autoregulación, colegios profesionales y sanciones cuando se comete una mala práctica. Tenemos que recuperar el espacio propio del periodismo. Si mezclamos información contrastada con desinformación dentro del mismo canal y con el mismo formato, el ciudadano no tiene herramientas para distinguirlas. Por eso hay que crear espacios diferenciados y fiables. Durante años hemos regalado el contenido a las plataformas digitales, y ahora vemos las consecuencias. Hay que ofrecer alternativas claras: consultar medios reconocidos, canales de verificación o plataformas informativas con responsabilidad editorial. Ni un niño de 12 años ni un adulto sin formación específica pueden verificar información con el rigor necesario.

Finalmente, si alejamos los menores de este diálogo digital, ¿qué alternativas les ofrecemos?

Una de las principales preocupaciones es la idea que, sin redes, se pierde la vida social. Pero si creemos que la socialización es solo digital, hemos perdido el sentido de la humanidad. El contacto familiar, el juego en la calle, el deporte, la convivencia escolar sin dispositivos, hablar con los abuelos, aburrirse… todo esto son formas tradicionales y necesarias de socialización. No se trata de negar la tecnología, que es valiosa y necesaria, sino de evitar que toda la vida social dependa exclusivamente de la red. Hay iniciativas locales interesantes que fomentan la comunidad, comercios que ofrecen apoyo a los niños si tienen algún problema en la calle, espacios de barrio que recuperan la convivencia. Recuperar el juego al aire libre, los espacios comunitarios y el contacto humano no es retroceder, sino reforzar los fundamentos de la convivencia.

 

 

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